dimarts, 29 de setembre del 2009
Guionista (TV/Ràdio)
Castellano
català
Tábanos (fragmento de la novela)
El beso de un tábano en su frente le rescató del sueño. Cuando abrió los ojos, Claudia aún no recordaba dónde estaba. Espantó, sin ánimo, al insecto que le molestaba con una bofetada que, de tan consumida, se convirtió en caricia. El tábano, que se había colado por la ventanilla abierta mientras ella dormía, esquivó el movimiento. Bailando en el aire no paró hasta que sus patas tocaron el salpicadero de la furgoneta. Sintiéndose seguro, celebró el momento batiendo enérgicamente sus alas sin moverse del sitio. Fue su último baile antes que Ramón, al percatarse, alejara su mano derecha del volante para matarlo de un golpe seco.
- ¡Dichoso bicho!
Dijo el conductor mientras Claudia observaba adormecida como se limpiaba la mano en un costado. Una pequeña mancha oscura, de sangre corrompida marcó el color impuro de la camiseta. Giró la vista. Abiertos los ojos del todo, Claudia descubrió que la tarde había oscurecido y con ella el paisaje. Atrás quedaban las pinedas verdes. Ahora la furgoneta se movía de un lado a otro siguiendo un camino polvoriento, sin asfaltar, que se perdía en una gran masa de árboles calcinados que ocupaba todo lo visible al otro lado del sucio parabrisas. Mirara donde mirara sólo podía ver los restos de antiguos árboles convertidos en cerillas usadas de tamaño gigante. Un paisaje desolador que, con la escasa luz de esas horas, resultaba tremendamente melancólico.
- No hay nada que hacer- le confesó Ramón sin apartar los ojos de la estrecha y curvada pista forestal- Un año parece que el bosque está reviviendo que al siguiente vuelve a quemarse.
Ella sonrió, para no contestar. No le apetecía. El cuerpo le dolía. Después de todo, dormir en el asiento del copiloto no había sido tan cómodo como había supuesto en un principio. Un viaje demasiado largo para hacerlo en una cálida tarde de verano. Las cervicales le mataban como si en vez de quince años tuviera la edad de su madre. “¡Soy una vieja” pensó y, por primera vez en semanas, se permitió el lujo de sonreír. Fue un momento. Después se calzó de nuevo la expresión triste que le acompañaba des de aquel día en que su madre casi le dejó de hablar.
- ¿Vas a estar mucho tiempo en la aldea?
A Claudia no le gustaba conversar con adultos. Sobre todo con los que, como Ramón, no paran de hacer preguntas. Aunque tampoco le entusiasmaba subirse en el coche de un desconocido, y lo había hecho.
- Hasta que acabe el mes- se esforzó en decir.
- ¡Pobre chiquilla!- sonrío Ramón y Claudia descubrió que tenía una sonrisa perfecta, de dentista- Te aburrirás como nunca. No hay nada que hacer en la aldea de tu abuela.
- ¡No es mi abuela!- le aclaró ella.
Y no lo era. Era la hermana de aquella abuela que apenas llegó a conocer la que le estaría esperando. Suspiró sólo de pensar que estaba condenada a convivir con una extraña a la que debía de tratar con respeto. Si su padre la hubiera acompañado, al menos no habría tenido que preocuparse de la ardua tarea de presentarse. Pero no pudo. No quiso.
- Más bien esto segundo.
Murmuró, ensimismada. Si la hubiera llevado con coche hasta ese lugar desconocido, con esa vieja extraña, el castigo no hubiera sido lo bastante justo. Por eso la envió en tren hasta Cabezallanas donde tuvo que esperar durante horas bajo el hastioso sol de agosto al autobús de línea que, arrastrando más años que kilómetros, le llevó al pueblo más cercano al de la aldea de su tía abuela. Allí, en el único bar del pueblo, encontró a Ramón. Un hombre de cincuenta y tantos que caminaba presumiendo del enorme caparazón de tortuga que le hacía las funciones de barriga. Sintió asco cuando el hombre se le acercó. Pero tuvo que disimular. Por más que las migas que llevaba Ramón en su espesa y oscura barba le recordara que la higiene era un concepto demasiado complejo para él. Disimuló, porque no le quedaba otro remedio. Era él quién, de acuerdo con su padre, le subiría a la aldea. No conocía a nadie más que lo pudiera hacer.
- Tú eres de ciudad, al igual que lo fui yo durante mucho tiempo- le contó Ramón rompiendo su pensamiento- Así que creo que debo contarte algo.
Cuidó tanto su entonación que las palabras le sonaron dulces como una nana. Sin embargo, Claudia supo por el fruncimiento de su frente y la manera en que cogía el volante, con los brazos demasiado tensos, que lo que le iba a decir no era algo agradable.
- Te escucho.
- La gente de campo, sobre todo los que viven en lugares aislados como la aldea, pueden resultar algo... ¿cómo decirlo?- Se tomó su tiempo para buscar la palabra adecuada- Inquietantes. Si no quieres tener problemas con ellos, te sugiero que sigas sus costumbres, por más extrañas que te parezcan.
- Creía que la gente de pueblo suele ser encantadora.
- Ellos no- su voz fue severa- Créeme. Si no fuera por que pagan bien mis mercancías, ni yo pondría un pie allí.
Claudia volvió el pensamiento al otro lado del cristal. La marca del fuego sobre la tierra se abría camino al compás de los faros de la furgoneta. Tenía la impresión que cuanto más avanzaban más alto, espeso y oscuro se volvía el cementerio de árboles calcinados que estaban atravesando. Como si avanzaran directamente hacia el centro dónde se originó el desastre que acabó con la vida de aquel lugar. Su corazón se fue acelerando. No supo explicárselo a sí misma entonces. Quizás fuera el cansancio o los remordimientos por lo que había hecho; pero tuvo la sensación que escondido entre los troncos azabaches, moviéndose al ritmo marcado por las ruedas, algo inquietante los estaba siguiendo. Aunque no lo viera, estaba convencida que allí estaba. Por un momento temió que Ramón se cansara de sus silencios y la abandonará allí mismo. Se imaginó a si misma, perdida entre los restos carbonizados de un incendio pasado, mientras caía la noche, a merced de ese ser imaginario que corría pisándoles los neumáticos. Automáticamente se puso a hablar.
- ¿Y subes mucho a la aldea?
- Una vez a la semana me acerco hasta allí con la furgoneta cargada. La gente de la aldea consumen lo que cultivan y crían, pero necesitan cosas que ellos no pueden obtener de la tierra. Cómo azúcar, café, aceite y otras cosas que yo les vendo cada sábado.
Las filas de árboles quemados continuaban extendiéndose. El miedo infantil que había sentido hacía un momento se había esfumado. No hay nada extraño entre los árboles, se convenció. Por más tétricos que sean. Ramón encendió la radio. La música llenó de una falsa calma el vehículo.
Confundiendo sus pensamientos con el estribillo de la canción que sonaba, el tiempo fue pasando con placidez. Se preguntó cómo seria la aldea.
La primera vez que estuvo allí con sus padres tenía cinco años. Fue durante el verano más caluroso que se recordaba. Por lo que le contaron después, su abuela insistió en volver a la aldea que la vio nacer. Quería pasar unas semanas con la única hermana que le quedaba en vida antes que la enfermedad acabara por consumirla del todo. Des de entonces no había vuelto. Aunque lo cierto es que le daba lo mismo como fuera la aldea. Cuando aceptas que debes ser castigado, tanto te da el color de las paredes de tu celda. Sólo deseas cumplir cuanto antes tu condena.
- ¡Ya hemos llegado!- le informó Ramón.
El vehículo dejó de tambalearse al conseguir llegar a terreno plano. Miró a través de la ventanilla. Aún no había oscurecido del todo, así que pudo hacerse una idea de que le esperaba. La pista forestal acababa en un descampado al que daba la fachada de una modesta iglesia. Siguiendo la inclinación de una calleja casi imaginaria, pues no estaba empedrada, pasaron por delante de al menos doce casas. Todas con fachadas de piedra, tejado de pizarra a doble vertiente y dos plantas. Ninguna vivienda tocaba pared con pared con la otra, si no que respiraban en el espacio, acomodando plantas y árboles frutales en los jardines que les separaban. Por la dejadez de sus plantas, algunas parecían abandonadas. Miró al frente. Una casa, la más alejada del campanario, era la única que tenía las luces abiertas. Era allí hacia dónde se dirigían. Claudia abrió su ventanilla para respirar el aroma de aquel lugar. Olía a ceniza, estiércol y sequedad. Un perfume extraño, sobre todo para alguien como ella que nunca había salido de Barcelona.
Se pararon enfrente de la casa de las luces encendidas. El conductor ni siquiera hizo ademán de bajarse. No paró el motor. No apago los faros. Con el motor rugiendo esperó a que la chica cogiese su mochila del asiento de atrás y se bajara de la furgoneta. Cuando tocó el suelo, Claudia no pudo evitar mirar hacia el cielo. Aunque aún había bastante claridad, el firmamento resplandecía como nunca lo había visto. ¡Las estrellas resultaban ser tan bonitas!
- ¿Estás bien?
Le preguntó Ramón des del asiento del conductor, pues Claudia aún no había cerrado su puerta.
- Sí- contestó ella cerrando la puerta- Sólo estaba mirando las estrellas.
- Bonitas, ¿verdad?
- Supongo que sí- dijo acercándose a la ventanilla abierta.
Sin perder un segundo, le dio los veinte euros que habían acordado por llevarla hasta allí. Las gracias por acercarla vinieron algo más tarde.
- De nada. Subiré el sábado, así que nos veremos pronto. ¡Pórtate bien!
- Siempre lo hago.
Mintió ella. Esperó a que la furgoneta reprendiera el camino por donde habían venido. Una nube de polvo la despidió. Cuando se alejó, respiró hondo, tragó saliva y se giró para ver el lugar en la que debería vivir durante semanas. Detrás de una higuera se escondía una casa lúgubre, de viejos muros de piedra y ventanas sucias. Por la chimenea que emergía de un lado del techo maltrecho salía humo. La única luz provenía de la bombilla que colgaba en el porche delantero de la casa. No quería entrar. Al menos no de inmediato. Así que buscó una excusa para alargar el momento. Recordó que debía hacer una llamada. Pero cuando sacó el móvil descubrió que no tenía nada de cobertura. Guardó el teléfono suspirando. Entonces abrió la puerta de madera del muro que separaba el jardín de la calleja. El chasquido de sus bisagras le acompañó al entrar. El viaje hasta el castigo que le habían dado sus padres por ser mala chica había concluido. El otro castigo, el que Claudia estaba convencida que le daría la justicia, aún estaba por llegar.
- Ningún delito queda impune- se sinceró consigo misma dando un paso adelante- Y menos los de sangre.
Números vermells
Marc Lloan, 2008
El club de les 3 calaveres
Els membres del Club de les 3 calaveres intentaven matar els dies com podien. Cada matí anaven a la piscina municipal per jugar a qui aguantava més sota les aigües de la piscina gran. Per la tarda es dedicaven a trencar els vidres de les finestres de les fàbriques abandonades. I en acabat, cada vespre, llençaven traques de petards als gats que buscaven restes als contenidors del mercat. Realment era molt cansat fer sempre el mateix un dia i un altre! L’únic moment de pau que tenia el Club, era quan decidien refrescar-se sota l’ombra d’una paret, molt a prop de la cantonada del carrer del Duc. Era aleshores, vora el vespre, mentre menjaven gelats i bevien refrescs que es feien preguntes estúpides.
- Qui va encendre el Sol?- preguntava el Duc, que es feia dir així perquè deia que el binocle que duia a l’ull esquerra abans havia estat d’un duc molt important.
- Per què l’estiu es diu estiu i no hivern?- deia la Trenes, a qui anomenaven així per les dues trenes que li penjaven del cap.
- Com és que els gelats de maduixa no tenen el mateix gust que les maduixes de debò?- interrogava el Batraci, que tenia aquest nom de guerra perquè tenia uns ulls grans i oberts com els d’una granota.
Per ser del Club de les 3 calaveres havies de complir 3 condicions:
1. T’han de faltar el mateix número de dents que a la resta ( 7 per ser exactes)2. T’has d’enganxar una calcomania al braç dret en forma de calavera humana3. T’has de fer amb un nom de guerra
Una tarda especialment calorosa, d’aquelles que arrossega el suor esquena avall, la cantonada on descansaven va escopir una ombra allargada. El Club de les 3 calaveres la va observar fins que es va transformar en un home vestit amb una gavardina. Mentre l’home passava per davant seu no van dir res, però tot just les seves passes ja eren prou lluny com per no escoltar les seves veus, els comentaris es van disparar.
- Us heu fixat?- va preguntar la Trenes- Aquest home duu gavardina en ple estiu!
- Sempre ho fa!- contestà en Batraci- Viu davant de casa meva i sempre duu gavardina. Plogui, nevi, faci fred, calor o boira sempre l’acompanya la seva gavardina. I el més estrany de tot és que mai l’he vist amb les mans fora de les butxaques!
- Apa! Això sí que és misteriós!- exclamà la Trenes.- Per què deu amagar les mans?
- Jo ho sé!- presumí en Duc
- Ah, si? Per quina raó ho fa? - preguntà el Batraci- Va, digues!
- És una història de misteri! Veureu...
LA VERITAT DE L’HOME DE LA GAVARDINA, segons en Duc.
L’Home de la gavardina era feliç de saber que podia comptar amb unes mans amples per fer tot el que la vida li demanava. Però aquesta felicitat es va transformar en terror el dia que es va despertar i va descobrir que el dit polze de la seva mà dreta s’havia transformat en una cullera! L’home, tot i que es va sorprendre, no es va enfadar perquè va pensar que, de fet, era més útil tenir una cullera com a dit que un dit de debò. Però al dia següent, quan es desfeia la son a cop de badalls, es va repetir la sorpresa. El seu polze esquerra, potser gelós de veure com el dret s’havia transformat, va convertir-se en un llapis.
- Millor!- va pensar l’Home de la gavardina- així quan em trunquin i hagi d’apuntar alguna cosa podré escriure-ho sense tornar-me boig buscant un llapis.
Però l’estranya malaltia que transformava els dits en estris no es va aturar. Cada matí descobria que un dels seus dits s’havia convertit en un objecte fins que totes dues mans ja no van tenir dits. Aleshores, quan li va aparèixer una pinzell a l’últim dit va decidir no preocupar-se més. Tanmateix, com que creia que el món no estava preparat per conèixer un cas com el seu, va decidir fer invisibles les seves mans. Però com? No coneixia cap poció d’invisibilitat. Així que l’únic que podia fer era ocultar-les. Al principi va provar d’embenar-se-les però no va donar resultat ja que no aconseguia dissimular les formes dels 10 objectes en que acabaven les seves mans. Al final va optar per la solució més fàcil: posar-se les mans a les butxaques i no treure-les mai d’allà! Per això sempre va en gavardina, perquè com tothom sap, les butxaques de les gavardines són molt grans i amples, i en elles hi caben com a mínim 11 objectes.
- Quina història més ximple!- es va queixar la Trenes- No va ser així.
- Va ser així!- s’enfadà en Duc.
- No!!
- Doncs explica tu com va ser, llesta!
- Així ho faré! Mireu...
LA VERITABLE HISTÒRIA DE L’HOME DE LA GAVARDINA, per la Trenes
Ara fa temps, quan els regnes i repúbliques van decidir deixar de transportar els tresors per mar i fer-ho en tren, la majoria dels pirates es van quedar sense feina. Entre ells el Capità Interrogant, que es deia així perquè duia un garfi a la mà dreta que recordava als signes amb els que s’acaben les preguntes als llibres. Desprès de buscar i rebuscar el pirata va aconseguir un treball com a carter. Un dia, mentre lluitava contra uns dobermans que li volien robar el correu, va conèixer una bella venedora ambulant d’anelles de plàstic per fer bombolles de sabó, de nom Rosalia. El Capità Interrogant quan va aconseguir treure’s la mandíbula del darrer doberman del cul, va córrer a comprar-li tota la mercaderia a la Rosalia. Durant 30 dies es va convertir en el seu millor i únic comprador, fins que el dia que feia 31, quan ja no tenia més diners ni més paciència, es va declarar oferint-li una anella per fer bombolles d’or. Ella, desprès de posar-se vermella de cap a peus, va acceptar convertir-se en la dona d’aquell pirata que ella trobava tant guapo. Al cap d’un any de casar-se, el pirata carter i la venedora van tenir un fillet: l’Home de la gavardina. Però aquell nen no va néixer del tot normal, ja que va venir al món amb una anella per fer bombolles en comptes d’una mà i un garfi en comptes de l’altra. Com que sempre l’ha fet vergonya veure’s sense mans, com la resta de la gent, sempre duu les mans dins les butxaques. I és per aquesta mateixa raó que sempre fa cara d’antipàtic, perquè sovint li pica el clatell i mai es pot rascar.
- Ha, ha, ha!- va riure en Duc- Un pirata carter! Ha, ha ,ha!
- Aquesta història no és certa, Trenes!- digué en acabat en Batraci
- I per què no ho és?- s’enfadà la Trenes- Va, digues!
- Dons perquè l’home de la gavardina en realitat no és un home, sinó un elefant disfressat...
- Un elefant!?- van preguntar alhora en Duc i la Trenes doncs no ho podien creure.
- Sí, un elefant! Escolteu...
TOTA LA VERITAT SOBRE L’HOME DE LA GAVARDINA, segons en Batraci
Cansats de les ximpleries dels micos, que dalt dels arbres es dedicaven a imitar-los, la família d’elefants a ratlles van decidir abandonar la selva en la que vivien. Havien sentit parlar d’una altra jungla on les feres braolaven amb accent de motor i en comptes d’arbres hi havia vespers gegants de color gris on dormien una classe de mones que tenien el costum de caminar drets. Fent servir les seves cues com a hèlix i les seves trompes com a periscopi, van nedar per sota les aigües de l’oceà, fins que van arribar a la seva nova jungla. Quan les seves gran potes van trepitjar l’herba grisa i dura de la jungla, els elefants a ratlles es van començar a trobar malament. Les feres eren més terribles que a la seva selva. El cant dels ocells era estrany i terrible. L’aire de tan dens i brut que era, els feia tossir. Cinc minuts van durar allà. Al que feia 6, els elefants a ratlles ja eren nedant camí de casa. Però estaven tan atabalats que no van adonar-se que havien perdut el seu fillet, un elefantet que de tan petit encara no tenia orelles ni trompa. L’elefantet, perdut en aquella selva estranya, va plorar durant hores fins que una parella d’aquells micos que caminaven drets el van trobar.
- Què et passa, elefantet?- li preguntaren la parella
- M’he perdut en aquesta selva tan estranya i ara ja no sé on para la meva família.
Al conèixer la seva història la parella va oferir-li que es quedés a casa seva fins que els seus pares tornessin. L’elefant va acceptar de bon grat. En un àtic d’un pis molt alt, li van donar de menjar, el van vestir, el van cuidar i el van educar durant deu anys. Desprès d’aquest temps l’elefantet sabia convertit en tot un elefant amb trompa, orelles i ullals. Però no era feliç. Els seus pares adoptius l’havien ensenyat a parlar, a escriure, a pensar, a vestir-se, a jugar com un nen i a ser responsable com un adult. I encara que ell es sentia un home, tothom el tractava com si fos un elefant salvatge. Així que quan va veure aquell anunci per la tele, no va pensar-ho dos cops i va trucar al telèfon que apareixia a pantalla. Tres setmanes més tard, ja tenia la disfressa d’home a casa. Nerviós i amb presses se la va posar. Però acabada de pujar la cremallera, es va adonar que no l’havien enviat els guants d’home. Així que mentre no li arribin, duu les mans dins de les butxaques, perquè si les treies la gent s’adonaria que és un elefant i s’espantaria.
- Bah, quina bola!- exclamà la Trenes
- Quina ximpleria!- afegí el Duc- A les butxaques no amaga unes potes d’elefant, sinó unes mans plenes d’objectes.
- No, amaga un garfí i una anella per fer bombolles
- No, unes potes d’elefant
- No, unes mans plenes d’objectes
- Garfí!
- Potes!
- Objectes!
Van estar discutint fins que la saliva se’ls va assecar. Un cop cansats de tant parlar, vam començar a pensar i aleshores, tots tres, es van adonar de dues coses:
1. Si seguien discutint no en traurien res.
2. Havien d’aconseguir que l’Home de la gavardina treies les mans de la butxaca per descobrir la veritat d’aquell misteri.
Tot el que quedava de vespre van estar traçant un pla magnífic. En Batraci els havia dit que l’Home de la gavardina sempre sortia de casa a la mateixa hora, quan el Sol s’amagava darrera els blocs de pisos que tapaven l’horitzó. Així que només l’havien d’esperar a prop de la cantonada on es refresquen amb l’”arma secreta” que descobriria la veritat. Però per quan ja ho van tenir tot planejat, la lluna els va recordar que calia anar a dormir.
- Recordeu, demà ens trobarem aquí!- els hi digué en Duc abans de marxar cadascú a casa seva.
- Per fi coneixerem la veritat!- va somriure la Trenes.
- A la fi, sabrem perquè sempre duu les mans a les butxaques l’Home de la gavardina!- exclamà en Batraci.
I tots tres van separar-se per trobar-se amb els seus somnis.
Avui és el dia i l’hora triada per dur a cap el pla que van traçar ahir. El Sol ja és a punt de fer nones, però l’Home de la Gavardina encara no ha passat per la cantonada on l’esperen els membres del Club. Tots tres estan nerviosos. En Duc no para de caminar, amunt i avall. La Trenes no deixa ni un moment de mossegar-se el cabell i en Batraci es mira el rellotge cada trenta segons, tot i que sap que és un rellotge de joguina que no funciona de debò. Aleshores, quan ja són a punt de deixar-ho córrer, veuen com una ombra allargada s’apropa per la cantonada. Els membres del Club de les 3 calaveres es fan una senyal amb la mirada i cadascú ocupa la seva posició. Just en el moment que l’Home de la gavardina passa per la cantonada, la Trenes xiula i aquest és el moment que aprofiten en Batraci i el Duc per enlluernar la vista de l’home amb un mirall.
- Au!- es queixa l’Home de la gavardina mentre retira les mànigues de les butxaques per tapar-se els ulls.
Aleshores en Batraci, el Duc i la Trenes deixen anar un crit d’horror. Al final de les mànigues de la gavardina no hi ha mans i res de res.
- Té unes mans invisibles!- crida la Trenes.
- Com les dels fantasmes!- exclama el Duc.
- És un fantasma!- els hi assegura el Batraci.
- Ahhhhh!!!!- s’espanten.
I de cop tots tres marxen corrent, allunyant-se tant com poden de l’Home de la gavardina mentre aquest es pregunta:
- Què els hi deu passar a aquests marrecs tant estranys?
Despreocupat es torna a posar les mànigues a les butxaques abans d’endur-se el seu secret ben lluny d’allà. I és que la veritable raó per la que l’Home de la gavardina duu sempre les mans a les butxaques és que vol dissimular que va néixer amb les cames molt llargues i els braços molt curts. Per això es tapa ben tapat, des del coll als peus, per tal que ningú pugui saber si és un home molt alt o, com passa de debò, és que té unes cames de gegant enganxades al cos d’un home baixet. I és per aquesta mateixa raó que al anar-li gran la gavardina de mànigues, doncs té braços de nan, porta aquestes sempre dins de les butxaques per tal de no cridar de l’atenció. Però tot això no ho sabran mai el Club de les 3 calaveres, que de tan espantats que estan, es passaran la resta de l’estiu corrents i cridant pels carrers buits de la ciutat.
Marc Lloan, 2005
The wolf's opponent (fragment)
1
A night as dark as his soul followed him when the fugitive found a solitary house. He had been hidden into the forest for several days and now he felt tired and hungry. ‘Maybe’ he thought ‘I’ll able to eat something there’. He decided to ring that house. But, first he looked through the window. Inside, an old woman was cooking something in the kitchen. She looked weak and very tired. Near her, there was a handbag on a table ‘I’ll have a fun tonight!’ he whispered while he moved his mouth into an evil smile. Then, He went to the front door and rang. After half a minute, a weak female voice said: Who is there?. Nobody answered her question. For this reason, she opened the door very slowly as If she were afraid of something.
- Good Night, Madam! – said Wolf- I’m sorry. I don’t want to bother you, but I’m lost and I’m wondering if I can use your telephone.
- Sure! Please, come into my house, Mister…?
- Wolf.
- That’s a strange surname! My name is Agatha Temple. Mr.Wolf can you follow me, please?
Wolf followed Miss Temple into the kitchen. He thought that she was a charming woman.
- You have a nice house, Miss Temple- said he.
- Thank you! You’re very kind. I’m sure that you have seen that there are a lot of cracks in my walls, but you’re very kind. I like polite people. Would you like a cup of tea?
- Sure! Thank you- He could see her handbag on the table- Do you live alone here?
- Yes, I do. Since Charlie, my lovely husband, died ten years ago. He was a handsome man, you have to believe me! We met in the battle field during the Second World War when I worked as a nurse in a military hospital. Are you married Mister Wolf?
- No, I’m single.
- Actually! It’s bad luck for you!- she said as she served a cup of tea on the table- Please, sit down!
He sat down in front of her. There were only ten centimetres from his cup to her handbag. Wolf wondered: ’ how much money have she got in her handbag? And ,in all her home? ’
- You must feel alone. This house is too big for an old woman like you.
- Oh, no! Every weekend I’m visited by my granddaughter who lives in the village.
- But, if something bad happens in this house, nobody will know it. Isn’t it?
- Something bad?- she was nervous- In what are you thinking?
- In a fire, a robbery, a murder… Something really bad!- he smiled her- Much time will go by before somebody comes here. Isn’t it?
- Well, maybe you’re right- she looked afraid- But, don’t you must do a call?
- Yes, of course! I forgot it! Where is the telephone?
Miss Temple showed where the telephone was. It was in the living room. While Wolf walked to there, He was thinking what the best way of kill her and stole all her money. But, Suddenly, he felt a big fit in his head. He turned and he could see a Miss Temple who had a saucepan in his hands.
- What hells…?
El secret d'Apame
Al setè dia del seu camí, l’incansable viatger de sàvies soles va apagar la veu interior que li demanava un segon de raó per tal de fer-se amb el valor suficient per pujar a la barca. La recompensa era massa gran com per no alliberar-se del llast de la consciència. Si havia de morir, ho faria de la mateixa manera com havia viscut: amb la vista a l’horitzó, el pas encès i el gust agredolç del camí als llavis. El remer d’ulls embenats pilotava la llarga i punxeguda barca de fusta negra per les tranquil·les aigües del llac de cendra líquida. Abans de pujar a la barcassa el caminant l’havia demanat el per què d’aquella bena porpra que li tancava la mirada.
- Quan la boira que vesteix el llac es cansi d’amagar l’horitzó no vull haver de mirar la ciutat maleïda.
Acabades de pronunciar aquells paraules el cor va colpejar-li estrany com si un temor, en forma de petit llampec, li provoqués el moviment contrari al batec quan el seu òrgan es movia. Compungit va omplir de pensaments callats i mirades esquives el trajecte fins a l’illa.
Durant dècades havia recorregut el món, buscant límits als punts cardinals. Els seus ulls, ja cansats, havien albirat rius de foc que calcinaven la mar, muntanyes que desapareixien de l’horitzó al capritx de les hores així com pobles construïts amb la mateixa sorra del desert. Contemplant l’est, havia trepitjat l’oest. I tanmateix, quan creia que els seus ulls ja no es podien desviure per observar un gram més de bellesa, sentia la necessitat d’endinsar-se dins de les muralles d’Apame. Perquè si es convertia en el primer visitant en tornar de la ciutat, desxifrant així el secret que impedia sortir-ne d’ella, la seva glòria seria infinita.
Una gran roca blanca escarpada per un vent amb nom de temps, va dibuixar-se d’entre la boira. Al cim dels seus penya-segats s’alçava la ciutat d’Apame. La barca es va aturar en una de les cales de la gran roca. Sense pronunciar cap mot, el viatger va baixar de l’embarcació i des de la distància li llençà una bossa plena d’or al navegant. El cegat pilot no va comptar les peces, en va tenir prou en sospesar la bossa de cuir. Mentre clavava el rem al fons del llac per impulsar-se lluny d’allà va escopir a la fina sorra de la cala per maleir la terra que es negava a trepitjar.
- Tornaré demà a la mateixa hora- exclamà sense deixar de remar- però no espero trobar-lo. La ciutat maleïda s’empassa tot aquell qui la trepitja.
El viatger volgué increpar-lo per dir-li que la fortuna li resseguia l’ombra. En comptes d’això va fer una ganyota de disgust mentre girava la vista del llac de cendra per observar l’indret on les muralles es confonien amb un cel tèrbol. Davant seu, esculpida a l’arrugat cos d’un penya-segat, una escala desigual ascendia fins el cim. No va dedicar ni un pensament a les seves pors emergents i va decidir resseguir el dibuix dels graons.
Quan va arribar dalt de tot, un gran portal de pedra en forma d’arc, li donà la benvinguda. Havia arribat a la ciutat d’Apame. Tant sols necessitava d’un pas per entrar-hi. Tan sols un. I tanmateix, en aquell precís instat, se li encapritxà la retirada. Però sense saber perquè els seus peus es decidiren abans que el seu valor parlés.
Caminant per un carrer estret i serpentejant escrit amb les ombres dels edificis que naixien, apassionadament caòtics, a un cantó i l’altre del carrer, descobrí que aquella ciutat es transformava al seu pas. Buida de gent, els edificis semblaven ser els únics habitants d’Apame. Una torre, que pretenia imitar el viatge frívol d’una escala de cargol, es va desplomar davant seu, desmuntant-se en milions de peces que van espargir-se per tot arreu iniciant, a la seva vegada, la creació de nous edificis. Encuriosit el Viatger va agafar una d’aquelles peces cúbiques per apropar-se’l a la vista. No va necessitar remenar massa el seu enteniment per adonar-se que tota la ciutat estava feta del mateix material, amb aquells petits cubs que s’unien estranyament els uns als altres per formar les columnes, els portals, les finestres, les teules i tot allò que donava sentit a l’urbs. Sospirà, en part meravellant, en part encuriosit sobre el cub que atresorava entre les seves mans. Aleshores aquest va recuperar una brillantor mai vista que, com un llampec, es va escampar per totes les peces que dibuixaven la ciutat omplint els seus àtoms cúbics d’olors, imatges i sons que fins aleshores havien perdurat a la memòria del viatjant. Mentre la brillantor negava el seu sentit a les ombres urbanes, la més arrogant de les nostàlgies es va apoderar del seu ser. Per res del món volia separar-se d’aquella ciutat, perquè Apame l’havia embruixat enverinant-lo amb la seva pròpia melangia. I va ser aleshores mentre enyorava els cadàvers dels seus somnis, les oportunitats perdudes, les hores dulcificades pel pas del temps, que va saber que la ciutat l’havia captivitat. La sobtada felicitat que se li infiltrava per cada porus de la pell, endinsant-se al moll dels seus óssos, era la mateixa que li contaminava el cervell per impedir-li una raonada fugida. Probablement moriria allà de fam i la ciutat, al cap d’unes setmanes, s’alimentaria del seu cos putrefacte com abans s’havia alimentat de tots aquells que l’havien trepitjada. La ciutat, en un intent de reforçar la seva crueltat, va murmurar-li amb la veu malaltissa que li donava la caiguda dels seus edificis, el seu gran secret: que tota ella era una trampa pensada per alimentar l’ésser viu més antic de l’univers. Una llàgrima sincera partí de dalt a baix el rostre de l’home, mentre un cant tràgic, semblant als versos d’una vella tonada oblidada, era respirada pels llavis masculins.
- Quan desitges tornar enrera, quan creus que la felicitat només es pot conjugar en passat, has arribat a les portes d’Apame. Aleshores només et queda fer el darrer pas, el que et duu al més estrany dels oblits.
Marc Lloan, 2005