dimarts, 29 de setembre del 2009

Tábanos (fragmento de la novela)

CAPÍTULO 1

El beso de un tábano en su frente le rescató del sueño. Cuando abrió los ojos, Claudia aún no recordaba dónde estaba. Espantó, sin ánimo, al insecto que le molestaba con una bofetada que, de tan consumida, se convirtió en caricia. El tábano, que se había colado por la ventanilla abierta mientras ella dormía, esquivó el movimiento. Bailando en el aire no paró hasta que sus patas tocaron el salpicadero de la furgoneta. Sintiéndose seguro, celebró el momento batiendo enérgicamente sus alas sin moverse del sitio. Fue su último baile antes que Ramón, al percatarse, alejara su mano derecha del volante para matarlo de un golpe seco.
- ¡Dichoso bicho!
Dijo el conductor mientras Claudia observaba adormecida como se limpiaba la mano en un costado. Una pequeña mancha oscura, de sangre corrompida marcó el color impuro de la camiseta. Giró la vista. Abiertos los ojos del todo, Claudia descubrió que la tarde había oscurecido y con ella el paisaje. Atrás quedaban las pinedas verdes. Ahora la furgoneta se movía de un lado a otro siguiendo un camino polvoriento, sin asfaltar, que se perdía en una gran masa de árboles calcinados que ocupaba todo lo visible al otro lado del sucio parabrisas. Mirara donde mirara sólo podía ver los restos de antiguos árboles convertidos en cerillas usadas de tamaño gigante. Un paisaje desolador que, con la escasa luz de esas horas, resultaba tremendamente melancólico.
- No hay nada que hacer- le confesó Ramón sin apartar los ojos de la estrecha y curvada pista forestal- Un año parece que el bosque está reviviendo que al siguiente vuelve a quemarse.
Ella sonrió, para no contestar. No le apetecía. El cuerpo le dolía. Después de todo, dormir en el asiento del copiloto no había sido tan cómodo como había supuesto en un principio. Un viaje demasiado largo para hacerlo en una cálida tarde de verano. Las cervicales le mataban como si en vez de quince años tuviera la edad de su madre. “¡Soy una vieja” pensó y, por primera vez en semanas, se permitió el lujo de sonreír. Fue un momento. Después se calzó de nuevo la expresión triste que le acompañaba des de aquel día en que su madre casi le dejó de hablar.
- ¿Vas a estar mucho tiempo en la aldea?
A Claudia no le gustaba conversar con adultos. Sobre todo con los que, como Ramón, no paran de hacer preguntas. Aunque tampoco le entusiasmaba subirse en el coche de un desconocido, y lo había hecho.
- Hasta que acabe el mes- se esforzó en decir.
- ¡Pobre chiquilla!- sonrío Ramón y Claudia descubrió que tenía una sonrisa perfecta, de dentista- Te aburrirás como nunca. No hay nada que hacer en la aldea de tu abuela.
- ¡No es mi abuela!- le aclaró ella.
Y no lo era. Era la hermana de aquella abuela que apenas llegó a conocer la que le estaría esperando. Suspiró sólo de pensar que estaba condenada a convivir con una extraña a la que debía de tratar con respeto. Si su padre la hubiera acompañado, al menos no habría tenido que preocuparse de la ardua tarea de presentarse. Pero no pudo. No quiso.
- Más bien esto segundo.
Murmuró, ensimismada. Si la hubiera llevado con coche hasta ese lugar desconocido, con esa vieja extraña, el castigo no hubiera sido lo bastante justo. Por eso la envió en tren hasta Cabezallanas donde tuvo que esperar durante horas bajo el hastioso sol de agosto al autobús de línea que, arrastrando más años que kilómetros, le llevó al pueblo más cercano al de la aldea de su tía abuela. Allí, en el único bar del pueblo, encontró a Ramón. Un hombre de cincuenta y tantos que caminaba presumiendo del enorme caparazón de tortuga que le hacía las funciones de barriga. Sintió asco cuando el hombre se le acercó. Pero tuvo que disimular. Por más que las migas que llevaba Ramón en su espesa y oscura barba le recordara que la higiene era un concepto demasiado complejo para él. Disimuló, porque no le quedaba otro remedio. Era él quién, de acuerdo con su padre, le subiría a la aldea. No conocía a nadie más que lo pudiera hacer.
- Tú eres de ciudad, al igual que lo fui yo durante mucho tiempo- le contó Ramón rompiendo su pensamiento- Así que creo que debo contarte algo.
Cuidó tanto su entonación que las palabras le sonaron dulces como una nana. Sin embargo, Claudia supo por el fruncimiento de su frente y la manera en que cogía el volante, con los brazos demasiado tensos, que lo que le iba a decir no era algo agradable.
- Te escucho.
- La gente de campo, sobre todo los que viven en lugares aislados como la aldea, pueden resultar algo... ¿cómo decirlo?- Se tomó su tiempo para buscar la palabra adecuada- Inquietantes. Si no quieres tener problemas con ellos, te sugiero que sigas sus costumbres, por más extrañas que te parezcan.
- Creía que la gente de pueblo suele ser encantadora.
- Ellos no- su voz fue severa- Créeme. Si no fuera por que pagan bien mis mercancías, ni yo pondría un pie allí.
Claudia volvió el pensamiento al otro lado del cristal. La marca del fuego sobre la tierra se abría camino al compás de los faros de la furgoneta. Tenía la impresión que cuanto más avanzaban más alto, espeso y oscuro se volvía el cementerio de árboles calcinados que estaban atravesando. Como si avanzaran directamente hacia el centro dónde se originó el desastre que acabó con la vida de aquel lugar. Su corazón se fue acelerando. No supo explicárselo a sí misma entonces. Quizás fuera el cansancio o los remordimientos por lo que había hecho; pero tuvo la sensación que escondido entre los troncos azabaches, moviéndose al ritmo marcado por las ruedas, algo inquietante los estaba siguiendo. Aunque no lo viera, estaba convencida que allí estaba. Por un momento temió que Ramón se cansara de sus silencios y la abandonará allí mismo. Se imaginó a si misma, perdida entre los restos carbonizados de un incendio pasado, mientras caía la noche, a merced de ese ser imaginario que corría pisándoles los neumáticos. Automáticamente se puso a hablar.
- ¿Y subes mucho a la aldea?
- Una vez a la semana me acerco hasta allí con la furgoneta cargada. La gente de la aldea consumen lo que cultivan y crían, pero necesitan cosas que ellos no pueden obtener de la tierra. Cómo azúcar, café, aceite y otras cosas que yo les vendo cada sábado.
Las filas de árboles quemados continuaban extendiéndose. El miedo infantil que había sentido hacía un momento se había esfumado. No hay nada extraño entre los árboles, se convenció. Por más tétricos que sean. Ramón encendió la radio. La música llenó de una falsa calma el vehículo.
Confundiendo sus pensamientos con el estribillo de la canción que sonaba, el tiempo fue pasando con placidez. Se preguntó cómo seria la aldea.
La primera vez que estuvo allí con sus padres tenía cinco años. Fue durante el verano más caluroso que se recordaba. Por lo que le contaron después, su abuela insistió en volver a la aldea que la vio nacer. Quería pasar unas semanas con la única hermana que le quedaba en vida antes que la enfermedad acabara por consumirla del todo. Des de entonces no había vuelto. Aunque lo cierto es que le daba lo mismo como fuera la aldea. Cuando aceptas que debes ser castigado, tanto te da el color de las paredes de tu celda. Sólo deseas cumplir cuanto antes tu condena.
- ¡Ya hemos llegado!- le informó Ramón.
El vehículo dejó de tambalearse al conseguir llegar a terreno plano. Miró a través de la ventanilla. Aún no había oscurecido del todo, así que pudo hacerse una idea de que le esperaba. La pista forestal acababa en un descampado al que daba la fachada de una modesta iglesia. Siguiendo la inclinación de una calleja casi imaginaria, pues no estaba empedrada, pasaron por delante de al menos doce casas. Todas con fachadas de piedra, tejado de pizarra a doble vertiente y dos plantas. Ninguna vivienda tocaba pared con pared con la otra, si no que respiraban en el espacio, acomodando plantas y árboles frutales en los jardines que les separaban. Por la dejadez de sus plantas, algunas parecían abandonadas. Miró al frente. Una casa, la más alejada del campanario, era la única que tenía las luces abiertas. Era allí hacia dónde se dirigían. Claudia abrió su ventanilla para respirar el aroma de aquel lugar. Olía a ceniza, estiércol y sequedad. Un perfume extraño, sobre todo para alguien como ella que nunca había salido de Barcelona.
Se pararon enfrente de la casa de las luces encendidas. El conductor ni siquiera hizo ademán de bajarse. No paró el motor. No apago los faros. Con el motor rugiendo esperó a que la chica cogiese su mochila del asiento de atrás y se bajara de la furgoneta. Cuando tocó el suelo, Claudia no pudo evitar mirar hacia el cielo. Aunque aún había bastante claridad, el firmamento resplandecía como nunca lo había visto. ¡Las estrellas resultaban ser tan bonitas!
- ¿Estás bien?
Le preguntó Ramón des del asiento del conductor, pues Claudia aún no había cerrado su puerta.
- Sí- contestó ella cerrando la puerta- Sólo estaba mirando las estrellas.
- Bonitas, ¿verdad?
- Supongo que sí- dijo acercándose a la ventanilla abierta.
Sin perder un segundo, le dio los veinte euros que habían acordado por llevarla hasta allí. Las gracias por acercarla vinieron algo más tarde.
- De nada. Subiré el sábado, así que nos veremos pronto. ¡Pórtate bien!
- Siempre lo hago.
Mintió ella. Esperó a que la furgoneta reprendiera el camino por donde habían venido. Una nube de polvo la despidió. Cuando se alejó, respiró hondo, tragó saliva y se giró para ver el lugar en la que debería vivir durante semanas. Detrás de una higuera se escondía una casa lúgubre, de viejos muros de piedra y ventanas sucias. Por la chimenea que emergía de un lado del techo maltrecho salía humo. La única luz provenía de la bombilla que colgaba en el porche delantero de la casa. No quería entrar. Al menos no de inmediato. Así que buscó una excusa para alargar el momento. Recordó que debía hacer una llamada. Pero cuando sacó el móvil descubrió que no tenía nada de cobertura. Guardó el teléfono suspirando. Entonces abrió la puerta de madera del muro que separaba el jardín de la calleja. El chasquido de sus bisagras le acompañó al entrar. El viaje hasta el castigo que le habían dado sus padres por ser mala chica había concluido. El otro castigo, el que Claudia estaba convencida que le daría la justicia, aún estaba por llegar.
- Ningún delito queda impune- se sinceró consigo misma dando un paso adelante- Y menos los de sangre.

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